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5 cosas que (quizá) no sepa sobre Étienne Dolet

Retrato de Étienne Dolet

Siempre es hay que echar la vista atrás y recordar a los que marcaron el camino,  y quién mejor para ilustrar este legado que Étienne Dolet (1509-1546), figura capital de la traducción y la terminología. Impresor, escritor, humanista y traductor, dejó su huella en la historia no sólo por sus obras, sino también por su compromiso con la lengua francesa. Tanto si conoce a este ilustre personaje como si no, aquí tiene cinco datos sorprendentes sobre él.

Publicó una guía práctica para traductores

En 1540 publicó La manière de bien traduire d'une langue en aultre, una meticulosa exploración del arte de la traducción considerada el primer verdadero tratado sobre el tema y que aún se enseña hoy en día.

Esta pequeña obra contiene las cinco reglas esenciales para una buena traducción: comprender perfectamente el texto original, dominar las dos lenguas (lengua de origen y lengua meta), evitar la traducción palabra por palabra, utilizar expresiones naturales en la lengua meta y, por último, respetar el ritmo y la armonía del texto.

A través de su estilo erudito pero accesible, Dolet sienta las bases de una traducción que respete no sólo el texto original, sino también el espíritu de la lengua meta.

Una elección terminológica le llevó a ser condenado por herejía

Ya encarcelado en dos ocasiones, un tribunal de la Inquisición le condenó por tres pequeñas palabras que sonaban casi cínicas: «nada en absoluto».

En uno de los pasajes del diálogo Axíoco atribuido a Platón, la «mala» traducción de Dolet formaba parte de un argumento destinado a demostrar que la muerte no es nada («después de la muerte, no serás nada en absoluto»). A ojos del tribunal inquisitorial, este añadido era la prueba de que Dolet, a través de su traducción, no creía en la inmortalidad del alma después de la muerte y blasfemaba contra el dogma religioso.

¿Intervenir o no intervenir en los textos? Esa fue la pregunta que su muerte planteó a las generaciones venideras de traductores.

Fue tristemente apodado el «mártir de la traducción»

Étienne Dolet tenía treinta y siete años cuando, tras dieciocho meses de prisión, fue ahorcado y luego quemado con sus libros el 3 de agosto de 1546 en la plaza Maubert de París.

A partir del siglo XVIII fue considerado un mártir de la intolerancia y, más tarde, de la libertad de expresión y de prensa. Por eso se le cita a menudo como figura emblemática de los peligros a los que pueden estar expuestos los traductores.

Su estatua, inaugurada en la plaza Maubert el 19 de mayo de 1889, se convirtió en un símbolo de la lucha y en el centro de las manifestaciones anticlericales y ateas. Desgraciadamente, fue fundida en 1942.

Ardiente defensor del francés frente al latín

En una época en la que el latín dominaba los escritos académicos, Étienne Dolet luchó activamente por el reconocimiento del francés como lengua de conocimiento y cultura.

En particular, Dolet veía en la traducción un medio de liberar el pensamiento de las limitaciones impuestas por el latín, haciendo los textos accesibles a un público más amplio. Esta visión influyó en la forma en que aún hoy se percibe la traducción, como una herramienta para democratizar el conocimiento.

Sus palabras precedieron a la Ordenanza de Villers-Cotterêts (1539), firmada por Francisco I, que impuso definitivamente el uso del francés en los actos jurídicos y administrativos del reino.

No sólo fue un traductor audaz, sino también un impresor apasionado

Tras trabajar durante cuatro años como corrector de pruebas para Sébastien Gryphe, el «Príncipe de los libreros», Étienne Dolet, de quien el propio rey Francisco I había caído rendido a sus encantos, obtuvo del mismo el privilegio de trabajar como impresor.

Pronto abrió un taller, que utilizó para publicar no sólo textos clásicos y humanistas, sino también obras consideradas subversivas por las autoridades políticas y religiosas.

Al imprimir textos de Cicerón, Platón y pensadores contemporáneos críticos con la Iglesia, Dolet atrajo rápidamente las sospechas de los censores. Se le llegó a acusar de imprimir textos prohibidos y de falsificar el privilegio real de edición, lo que contribuyó a su caída.

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